martes, 9 de abril de 2019


Las 11 plaquettes Las Hojas del Diluvio que se alcanzaron a editar en Barcelona, de 1994 al 1996: Rolando Faget, José Carlos Cataño, José Kozer, Verónica Zondek, Marosa di Giorgio, León Félix Batista, Neus Aguado, Orfila Bardesio, José Manuel de la Pezuela, Luis Bravo y Rafael Courtoisie

jueves, 21 de febrero de 2019

LI PO SUCCIÓN


León Félix Batista


Dos labios rojos
te invitan a comer,
condimentados.

Desiertos del deseo.
Y oasis son los higos
del escroto.

Al darles brocha
a pétalos en flor
se pintan gritos.

Rosa del pubis:
brasa que te congela
cuando la tocas.

El crucifijo
que muere en un escote
me resucita.

La sed desierta
del pubis afeitado
es mi espejismo.

Tocando estrellas
mi lengua sube al cielo
entre tu boca.

Magma húmedo
la boca en los volcanes
del cunnilingus.

Sentir de golpe
la sal: besar el centro
es mi ambrosía.

Mis manos hablan
en braille al otro cuerpo
que, ciego, escucha.

Atando hilos
del ovillo de los dos
tejemos hijos.

A mano o próximo
el cuerpo es un enigma
soluble a solas.

Evocas ingles
de mujer cuando comes
ciertos moluscos.

Bajar al pozo
de la vulva y hallar
el vellocino.

Se va el verano
pero se queda: queda
entre las bragas.





IMAGEN: "El núcleo" (1998), collage de ©León Félix Batista

*Esta selección de haiku erótico proviene del libro inédito “Las mil y una hojas” compuesto por exactamente 1001 poemas en la tradicional forma japonesa.

León Félix Batista, Santo Domingo, 1964. Es autor de Prosa do que está na esfera (Olavobrás, Sao Paulo, 2003, traducción de Claudio Daniel y Fabiano Calixto), Delirium semen (Aldus, 2010), Caducidad (Amargord, 2011) y Próximo pasado (Praxis, 2018), entre otros. Aparece en importantes antologías como Cuerpo Plural (Pretextos, 2010) y Poesía esencial dominicana (Visor, 2011).

FUENTE: ZUNÁI, REVISTA DE POESIA E DEBATES - Volume 4 Número 2 - Fevereiro 2019, Sao Paulo
http://zunai.com.br/post/182719284808/esculturas-musicais-6-le%C3%B3n-f%C3%A9lix-batista?fbclid=IwAR28LJh1dAuaTIZYSnTrKmRxc56ei2yabOnuXT4dbq1qOfkd9TGUVmTubL4

miércoles, 30 de enero de 2019

PARA IR AL PARANÁ: UN VIAJE AL TRANSLINGÜISMO A TRAVÉS DE LA POESÍA


León Félix Batista


¿Qué significa el término translingüismo? Implica, básicamente, y de modo bastante general, la pertenencia a varias lenguas. Haría falta diseccionar este término compuesto, para calar más hondo, así que “vayamos por partes”, literalmente. El prefijo trans (muy al uso en estos tiempos para amplificar el género –lo transexual–, los genes –lo transgénico–, la cultura –transculturalismo–) según indica la Real Academia Española en su Diccionario Panhispánico de Dudas, en esencia significa “detrás de, al otro lado de, a través de”. Así que translingüismo “lleva [intrínseca] la idea de atravesamiento, pasaje, viaje. Podemos decir que señala un cambio de ubicación, de localización.” (1) En términos estéticos, de producción de arte, estaríamos hablando de un quiebre de fronteras, desaparición de límites, desborde . (2) Derivemos, pues, hacia una posible definición más amplia, que coadyuve a darle síntesis a nuestro objeto: la translingualidad vendría a ser la confluencia de varias lenguas en una escritura o habla, constituyendo su propio nuevo código, por naturaleza inasible, difícil de regular a no ser a través de una gramática difusa.


Translingüismo es, en definitiva, algo más que bilingüismo, multilingüismo, uso de más de dos lenguas distintas, pero en hibridación, no tanto cultural, al mejor estilo García Canclini –la que conlleva acaso una superposición –, (3) sino según las ciencias –desde donde se habla sobre uniones, mezclas, creación. Tenemos actualmente casos espectaculares de bilingüismo nacional, incluso consignado constitucionalmente, como acontece en la República del Paraguay, país cuya poesía es el objeto de debate y estudio en este espacio. Sus idiomas oficiales son el español y el guaraní, lengua esta última, para igualar las cosas, regulada también por una Academia de la Lengua. En el ámbito coloquial persiste como habla dominante el yopará o jopará, término guaraní que significa “mezclado” y que en la práctica resulta exactamente eso: la mezcla indiscriminada (y sin embargo comunicativa) del español del invasor-conquistador y el guaraní nativo. Otro nombre –menos feliz– para este habla es “’guarañol”. Tan contundente realidad bilingüe, trasladada al terreno de la poesía, se vierte en diferentes resultados: basta pensar que en vez de procurar “entendimiento”, comunicabilidad, lo que produce es una realidad verbal con mucho mayor sentido, ritmo, movimiento.


El Paraguay es, además, uno de los 44 países del planeta de condición mediterránea, compartiendo esta problemática característica, en el continente americano, con Bolivia. El Paraguay, empero, a diferencia de este último país, consigue salida al mar sobre todo a través del río Paraná, el cual uniéndose con el río Uruguay conforma el de La Plata, y transcurre, además de por el propio Paraguay, por Argentina y Brasil, fronterizos entre los tres. Esa mediterraneidad del río Paraná ha de servirnos para fluir, discursivamente, para fluvialmente viajar a través de la poesía mezclando aguas y lenguas.


La poesía guaraní, la poesía indígena mbya, presente desde siempre y cuyo remonte alcanza cantos míticos originales como los del Ayvu Rapyta, hace eclosión a mediados del siglo XX, gracias a poetas como Martínez Gamba, Susy Delgado o Miguelángel Meza –para mencionar algunos–, por lo regular manifestándose en terreno bilingüe, con un interfaz de traducción entre una lengua y otra, no siempre con simbiosis, o solo parcialmente. La poesía contemporánea escrita en guaraní es sumamente importante, por sus implicaciones con el propio ser paraguayo y por el corolario lingüístico del hecho, trascendental, sin dudas.


Pero, por otro lado, existe una escritura (¿poética?) que excede la alternabilidad guaraní-español traduciéndose entre sí, proponiéndose más bien como una especie de yopará poético, si se me permite el término. Para ejemplificarlo, basten por ahora los casos medulares del libro Mar paraguayo de Wilson Bueno, el concepto y desarrollo del “portuñol salvaje” de Douglas Diegues y el Ysypó-paraguay-rembó de Cristino Bogado, salvando para otro espacio experiencias de escrituras radicalmente translingüísticas de nuestro ámbito, como las Galaxias de Haroldo de Campos y Larva de Julián Ríos, además de las inmersiones en el portuñol, sus visos, en la poesía de Néstor Perlongher. Esta escritura translingüística de la que hablo parte desde el Paraguay, transformando su condición de triple frontera topográfica (Paraguay-Brasil-Argentina) en triple frontera poética (español-portugués-guaraní). (4)


Calificando a Mar paraguayo (5) de amalgama lingual que acaso inventa el portuñol, y ya mechado de guaraní, Néstor Perlongher amplía que este “no se estructura como un código predeterminado de significación […], no tiene estructura […], es indeciso, intempestivo, mutante, no mantiene fidelidad sino a su propio antojo, desvío o error.” Y continúa, a seguidas: “El efecto del portuñol es inmediatamente poético. Hay entre las dos lenguas una vacilación, una tensión, una oscilación permanente: una es el error de la otra, su devenir posible, incierto e improbable.” . (6) Wilson Bueno, nacido en el Estado de Paraná en 1949 (donde también murió en el 2010), amplifica su estética a través de esta:


notícia
Un aviso: el guaraní es tan esencial en nesto relato quanto el vuelo del párraro, lo cisco en la ventana, los arrulhos del português ô los derramados nerudas en cascata num solo só suicidio de palabras anchas. Una el error dela outra. Queriendo-me talvez acabe aspirando, en este zoo de signos, a la urdidura esencial del afecto que se vá en la cola del escorpión. Isto: yo desaria alcançar todo que vibre e tine abaixo, mucho abaixo de la línea del silêncio. No hay idiomas aí. Solo la vertigem de la linguagem. (7)


Al afirmar que “no hay idiomas ahí”, en ese silencio dicente, Wilson Bueno formula una paradoja sígnica, un error en el sistema: el omelette de lenguas, el batido de lenguajes en el vórtice, en el vértigo, pretende decirlo todo callando al mismo tiempo desde una lengua fronteriza, o posición bifronte y perspectiva esquiza, como la califica Bogado, y más allá, en “ese no lugar llamado 3 fronteras”, fronteras que son simbólicas debido a que el humus omnipresente del guaraní (8) se suma al jopará español-portugués, dialecto al que algunos llaman brasiguayo.


Catatau es inmediato precedente del proceder escritural de Wilson Bueno. Paulo Leminski (1944-1989), también natural del Paraná, amalgamó en su libro “una escritura que se disuelve apenas se la lee” . (9) Desarrollado en lengua elastilingüe, sin dudas Catatau abrió compuertas al caudal del Paraná:


Destílogos perdiéronse en la mudanza, metálogos: ¡queda el nodo górdico por el polo nuestro en los pórticos del golfo pérsico! ¿Ellos, no, sino él, no es? ¿De nosotros dos, vos es que nois y yo que soy nido? Por copia presta y pronto pretexto. ¡Aura zeferina, zendavestal en mis cachos, una palanca al alcance de todos los calcañares, de la caravana no se escaracrespa ni una barbachiva! Saque nulo: no hay me llegue que no me mate, ¡nadie me sinegura! Comenzando lo oscuro a ser, nunca más dextrimina de oscurecer:
¡saco sea maleta, es sólo título que se conserva! ¡Minuluscofúsculo! ¡Donde el lustro fosco busca, bifurca y se disturba, trisurque el sólito, la troglo dita! ¿Antro? Unaltro. ¡Leprosiento! ¡Quienquierquiera nos guarde de que se dunquerque! ¡Lopessostesso! (10)


Luego fue sólo seguir la profusión de neologismos, la proliferación tan vasta de sentidos provista por el uso de vocablos desde lenguas muy distintas. La influencia de este libro en movimientos, zonas, atmósferas, tendencias tan potentes como el neobarroco y la poesía del lenguaje, es contundente y rastreable, digna de escarbar con escalpelo.


La referencia en el estudio introductorio a una antología de poesía paraguaya al brasileño Douglas Diegues (1965) como “un poeta de frontera”, de “una experiencia infrecuente, que integra el portugués, el castellano y el guaraní” , (11) da pie para crear una cuestión: ¿decimos aquí frontera pero para hablar de topos, tierra, geografía (aunque Diegues naciera en Río de Janeiro vive en Mato Grosso del Sur)? ¿O queremos decir: la frontera boscosa, el matorral salvaje, espeso, grosso, del lenguaje horadada por los topos del poema? Fuera lo que fuera, Diegues prefiere escribir en un “portuñol salvaje”, y así lo explica:


U portunhol salvaje es la língua falada en la frontera du Brasil com u Paraguai por la gente simples que increíblemente sobrevive de teimosia, brisa, amor al imposible, mandioca, vento y carne de vaca. Es la lengua de las putas que de noite vendem seus sexos en la linha de la frontera. Brota como flor de la bosta de las vakas. Es una lengua bizarra, transfronteriza, rupestre, feia, bella, diferente. Pero tiene una graça salvaje que impacta. Es la lengua de mis abuelos. Porque ellos sempre falaram em portunhol salvaje comigo. Us poetas de vanguarda primitivos, ancestrales de los poetas contemporáneos de vanguarda primitiva, non conocían u lenguaje poético, justamente porque ellos solo conocían un lenguaje, el lenguaje poético. Con los habitantes de las fronteras du Brasil com u Paraguay acontece mais ou menos la misma coisa. Ellos solo conocen u lenguaje poético, porque ellos no conocen, non conhecem, otro lenguaje. El portunhol salvaje es una música diferente, feita de ruídos, rimas nunca vistas, amor, agua, sangre, árboles, piedras, sol, ventos, fuego, esperma. (12)


Se evidencia en este texto la tentativa por igualar –percibo, creo ver–, la poesía naturalmente manifiesta del yopará del mundo oral con la poesía escrita de este modo explosivo, mixturado, translingüístico, desde ese Mato Grosso mojado por ahí por el río Paraguay, por el río Paraná. Vertido ya en la práctica poética, el portuñol salvaje en Diegues suena así:


las carnicerias fronterizas parecem museus de arte do futuro –
pedazos de carne crua enormes pendurados em ganchos
cavernosos de hierro –
moscas de todos los colores tamanhos zumbidos –
museus de carne – carne muorta – mas ainda viva –
carne bermelha que depois de dois dias en la sombra
começa a dar vermes brancos que brotam como hongos de la
putrefação –
para compensar toda essa lamentação –
arte legítima
como que non se falsifica –
los açougueiros como uma nova estirpe de artistas –
vagundeando pelo ar
u cheiro de la carne morta te delizia ou te faz vomitar
aquí – en la selva – en la ciudad – en el mundo de la lua –
por que será que u horror tem color de carne crua


Valga la mención final del título de uno de los más recientes libros de Douglas Diegues: El astronauta paraguayo, publicado en Asunción en 2007. Otros brasileños practicantes del portuñol son Joca Reiners Terrón, Ronaldo Bressane y Xico Sá.


El delta de este Paraná poético desemboca por necesidad, de nuevo, en el propio Paraguay, donde un poeta nativo, Cristino Bogado (Asunción, 1967), hace implosionar, detona desde dentro la retórica imperante, inventándose su propio translingüismo:


Kurupí, último bicho pilingüe y velvet-maká-urbanizado ke hala y fala en este blog su secreción lingüística, ese poro´unhol (portugués 10% español 70% guaraní pikante 20%) sería en el fondo definible como un san culot-tismo poétiko, grito a calzón kitado, pene erectismo full time, una falange anarko-para-militar de la letra, una alucinazione paranoikia-krítica del das kapital yankee, y su mayo del 68 un tsunami-yiyismo sin bombacha pra xuxu, un baile de san vito tevinandí paguasu!!! (13)


Bogado, crítico, cítrico, autocrítico y en crisis, hace avanzar la oruga de su panzer incluso sobre el propio portuñol:


Ella es
la reina de los albañiles
del mañana inconsútil
He’ë
digámoslo de una buena bez
toda la poesía yamada del poro’uñol salvaje
del kartonerismo vya asunceño
no es más ke la vieja puellarum kantica:
poesía empollada bajo las cálidas polleras de las yiyis,
poesía kalidá de exaltación de las yiyis pollerudas (14)


Todo ello sin dejar de confirmarnos que su Yo es un yopará:


Mi Yo es un jopará de española balbuceante y guaraní guarango
Una mancha colorida un mix nutritivo
chillido de chillida astillazo de estados anarkos
My Yo es un jopará de locro y poroto translaticios post-tizianos postizos
Es una mancha pará en la piel de la española y su lengua lectoleprosa
(una prosa atiborrada de os)
Es un río Paraná de flujos no deseantes ni pulsionales
Es una comida verbal una oración gastronómica
Un reloj de gases y espíritus
Gagá
gagaku
Basado en apenas Nada
Mau lágrima (15)


En esta correntía de escritura se cuelan nombres como Ronaldo Bressane, Joca Terron y el argentino Marcelo Silva. Pero son sin duda claves los también paraguayos Edgar Pou y Jorge Kanese, poetas incluibles, adláteres o militantes, al portuñol salvaje, de una manera u otra. Canese, el can ese (tal y como lo tildaban los agresores que en tiempos de Stroessner incluso lo apresaron) prefiere escribir mal, kribir mäu, bät riting: le da igual, gracias a que es proponente de “una porno-post-vanguardia, dado que la pornografía es el lenguaje más universal de nuestro tiempo y una ultravanguardia” (16) y a que Pou es el ûnico discipulo declarado del poeta noise dirty maenbo Xorxe Kaneze.


Finalmente, en este instante, una ilusión (poética y no óptica, y por ello más profunda, lenticular, borrosa). Las palabras de mi tribu son escritas sobre una singularidad topográfica: es poesía que se escribe desde una isla compartida por dos países absolutamente dispares en su cultura-lengua, o como se diga eso. La porosa frontera entre República Dominicana y Haití obviamente provoca un intercambio profuso con influencias marcadas, registrables, como demuestran bien los estudios culturales, del folklore o del comportamiento, no digamos económicos. Uno espera, sin embargo, aunque parezca en vano, la aparición de alguna producción poética translingüística en el borde, que no se da, que no se ha dado. Una poesía que exceda el bilingüismo auto traducido rastreable, sobre todo, en poetas de origen haitiano que derivan de este lado, arrastrados por las correntías del idioma del país que tiene mayor riqueza material. Pero no es suficiente: no hay simbiosis todavía, no hablemos ya de translingüismo.


Así, por esta realidad se hace patente otra vez la relación indisoluble entre Lenguaje y Poder, esa que sólo el poema puede hacer estallar en mil libérrimos sentidos.


NOTAS
1. Kuky Mildiner, La época Trans, http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/radar/edicion/91/522/La-epoca-Trans
2. "Así el morfema trans implica postular una nueva territorialidad, un campo de facticidades complejas en las cuales dejan de tener vigencia las oposiciones binarias, los contenidos determinados, lo fijo y establecido, de modo tal que los límites planteados por los diferentes lenguajes dejan de tener validez. El borroneamiento, la mezcla, la disolución de fronteras entre ellos quedan transmutadas en una totalidad otra diferente y distinta de la resultante de una simple suma de elementos.”, "Acontecimientos translinguisticos" blog Publicado por Mariana Pozo 12 de marzo de 2011, citada por Mildiner.


3. Ver Culturas híbridas, Néstor García Canclini, Paidós, Buenos, 2001.


4. “La nueva escena literaria paraguaya, etiquetada como portunhol salvaje o porouñol, ha hecho un impredecible iniciático viaje al pasado para fundamentar su humus generatriz. Desde el guaraní, jesuita, inventado por la compañía de Ignacio, pasando por el yopará nacionalista de los poetas populares del período de guerra «Cabichui» de 1870, pasando por la oralidad predominantemente guaraní monolingüe, y la invasión brasilera de las fronteras empujada por el proyecto Marcha hacia el Oeste del Estado Novo imperialista del siglo XX hasta los autores de vanguardia que sin rubor gustan de coctelear lenguas y naciones para mayor gloria de la escritura contemporánea”, Cristino Bogado, “Porounhol, neolengua de las fronteras en la actual escritura paraguaya”, LUVINA, revista literaria de la Universidad de Guadalajara, Jalisco, México, número 87-88, verano-otoño de 2017, pp. 194.


5. La primera edición es de Iluminuras, Brasil (1992), la segunda por Intemperie en Chile (2001), la tercera por Tsé-Tsé en Buenos Aires (2005) y una cuarta por Bonobos, México, 2006.


6. Sopa paraguaya, prólogo a la edición de Mar paraguayo publicada por la editorial Tsé-Tsé en Buenos Aires, 2005, Colección Archipiélago #17. Pag. 8.


7. Op. Cit, pag. 11


8. Bogado, Cristino, Op. Cit., 2. Ser das fronteras.


9. Reynaldo Jiménez, “Del endês y su demasíada”, postfacio a Catatau, Editorial Descierto, Buenos Aires, 2014, traducción del propio Jiménez.


10. Op. Cit.


11. Poesía del Paraguay, selección de Miguel Ángel Fernández, Susy Delgado y Fredi Casco; prólogo de Miguel Ángel Fernández, Editorial Arte y Literatura del Instituto Cubano del Libro, La Habana, Cuba, 2010. Pag. 11.


12. Texto introductorio en Uma flor na solapa da miseria, poemas de Douglas Diegues, Eloísa Cartonera, Buenos Aires, 2005. Pag. 3


13. Presentación de su blog, Kurupí.


14. En Amor Karaíva, Milena Caserola, Buenos Aires, 2009. Pag. 71.

15. Se puede leer el poema completo en http://ea.com.py/v2/mi-yo-es-un-yopara-poema-de-cristino-bogado/

16.Jorge Kanese, “Paloma blanca, paloma negra”, 2da edición, Intercontinental Editora / Ñandutí Vive, Asunción, julio de 2010.

jueves, 24 de enero de 2019

DEREK WALCOTT Versiones de León Félix Batista



CONCLUSIONES


Las cosas no estallan,
se malogran, se marchitan,

así como la claridad se desvanece de la carne,
como la espuma se escurre rápido en la arena,

y ni el rayo del amor
termina en trueno

sino que muere con el sonido
de flores marchitándose cual carne

de sudorosa piedra pómez,
todo así se perfila

hasta que nos hemos ido
con el silencio que circunda la cabeza de Beethoven.

NUEVO MUNDO


Y después del Edén
¿hubo alguna sorpresa?
Claro que sí, el pasmo de Adán
ante la primera gota de sudor.

De allí en adelante toda carne
debía ser rociada con sal
para sentir el filo de las estaciones,
miedo y vendimia, júbilo que fue difícil,
pero que era, por lo menos, suyo propio.

¿La serpiente? No se apresuraría
en la horquilla de su árbol.
La serpiente admiraba el sacrificio,
no lo abandonaría.

Y los dos verían las hojas
platear en el aliso,
robles amarillando octubre,
todo convirtiéndose en dinero.

Entonces, cuando fue expulsado Adán
a nuestro Nuevo Edén, en el vientre del Arca
también se enroscó la inventiva serpiente
por solidaridad, de manera voluntaria.

Adán tuvo una idea.
La serpiente y él compartirían
la pérdida del Paraíso a beneficio.
Así crearon los dos el Nuevo Mundo.
Y se veía bastante bien.

AGOSTO NEGRO


Tanta lluvia, tanta vida como el cielo hinchado
en este Agosto negro. Mi hermana, el sol,
empolla en su amarilla habitación y no piensa salir.

Todo se va al infierno; las montañas humean
como una tetera, los ríos se desbordan;
y aun así, ella no saldrá ni apagará la lluvia.

Está en su pieza acariciando cosas viejas,
mis poemas, revisando su cuaderno. Aunque
el trueno caiga como platos desde el cielo

ella no sale.
¿No sabes que te amo y que no tengo esperanza
de reparar la lluvia? Pero aprendo poco a poco

a amar los días grises, los picos neblinosos,
el aire con mosquitos murmurando,
y a sorber la medicina del encarnizamiento,

para cuando emerjas, hermana mía,
separando los colores de la lluvia,
con tu frente de flores y tus ojos de misericordia

nada será como era antes, pero será verdad
(ellos, lo sabes, no me dejan amar
como quisiera), porque, mi hermana, entonces

yo habré aprendido a amar los días grises tanto como
los claros, la lluvia negra y las colinas blancas,
cuando antes amaba únicamente a ti y a mi felicidad.

UVAS DE PLAYA


Aquella vela que en la luz se apoya,
cansada de islas,
una goleta batiendo el Mar Caribe

para llegar a casa, podría tratarse de Odiseo
con rumbo al Mar Egeo;
aquel anhelo de esposo y padre

bajo rugosas uvas agrias
es como el nombre adúltero de Nausicaa
oído en el clamor de las gaviotas.

Esto a nadie apacigua. La antigua guerra
entre obsesión y responsabilidad
no tendrá fin, y siempre ha sido igual

para el que vaga por el mar o para aquel
que ahora en tierra se zafa las sandalias
para andar hasta su casa, desde que Troya
escupió su última flama,

y el canto rodado del gigante volteó la artesa
de cuyo mar de fondo los enormes hexámetros
concluyen en exhaustos oleajes.

Los clásicos consiguen consolar. Pero no lo suficiente.


MARÍA CONCEPCIÓN Y EL LIBRO DE LOS SUEÑOS
(fragmento 9 del poema La Goleta “Vuelo” (The Schooner Flight))

El jet que chillaba sobre la Vuelo
abría una cortina hacia el pasado.
“¡Dominica adelante!”
“Todavía allí hay caribes”.
“Un día van solo aviones, no más botes”.
“Vince, Dios no hizo a los negros para volar por los aires”.
“El progreso, Shabine, de eso se trata.
El progreso dejando atrás todas las pequeñas islas”.
Estaba yo al volante, Vince sentado junto a mí
bromeando. Crujiente y brioso día. Un mar alto.
“El progreso es algo por lo que preguntar a los caribes.
Los matan por millones, algunos en la guerra,
otros por trabajo forzado muriendo en minas,
buscando plata, después de aquellos negros; más
progreso. Hasta que vea signos definitivos
de cambios en la humanidad, Vince, no quiero oír.
El progreso es una broma sucia de la historia.
Pídele a esa triste isla verde que se acerque”.
Islas verdes, como mangos encurtidos en salmuera.
En esa sal feroz deja que cure mi herida.
Yo, en mi frescura como un marinero.

Aquella noche, con las chispas del cielo escarchadas con fuego,
corrí como un caribe a través de Dominica,
mis fosas nasales taponadas con memoria de humo;
escuché los gritos de mis hijos quemándose,
comí cerebros de hongos, la seta de la sombrilla
del diablo bajo blancas, leprosas rocas;
mi desayuno fue hojas mustias en bosques rezumantes,
con hojas grandes como mapas, y al escuchar el ruido
del paso de los soldados por el follaje denso,
me levanté y corrí, si bien me reventaba el corazón,
entre los filos de las heliconias más cortantes que lanzas;
con la sangre de mi raza, yo corrí, muchacho, yo corrí
con velocidad de musgo, como un pájaro pintado;
entonces caí, pero caí en un arroyo helado
bajo frías fuentes de helecho, y un loro gritador
atrapó las ramas secas y hasta que al fín me ahogué
en grandes piras de humo; entonces al pasar aquel océano
de humo negro, y el cielo se volvió blanco,
nada quedaba sino Progreso, si el Progreso es una
iguana inmóvil como una hoja nueva bajo el sol.
Lloro por María y su Libro de los Sueños.

Ello ancló en sus sueños, aquella Biblia imsómnica,
un sucio opúsculo naranja con centro de ojo
de cíclope, de la República Dominicana.
Sus bastas hojas eran negras con símbolos
usuales de profecía, en entusiasta castellano;
una palma abierta hacia arriba, seccionada y numerada
como un cuadro carnicero, pronosticó el futuro.
Una noche, en una fiebre, radiantemente enferma,
ella dijo: “traedme el libro, este es el fin.”
Ella dijo: “he soñado una tormenta y ballenas,”
pero el libro no tenía explicación para ese sueño.
Una noche siguiente yo soñé tres ancianas
monótonas como gusanos de la seda, cosiendo mi fe,
y les grité que salieran de mi casa,
y traté de alejarlas a escobazos,
pero al tiempo que salían se arrastraban hacia adentro,
hasta que empecé a llorar y a gritar, mi carne
lloviendo de sudor, y ella destruyó el libro
por el símbolo del sueño y no había nada;
mis nervios se licuaron cual medusa –y ahí me derrumbé-
me hallaron alrededor de la sabana, aullando:

Ustedes me ven hablando con el viento, así que me creen loca.
Bueno, Shabine ha frenado los caballos del mar;
me ven mirando el sol hasta chamuscar mis ojos,
así que ustedes, locos, ven demente a Shabine,
pero ninguno conoce mi fuerza, ¿escuchan? Los cocos
de pie en sus regimientos de amarillo caqui,
esperan que Shabine se apodere de estas islas,
y todo lo que temen es el día en que me cure
de ser humana. Todos sus destinos en mi mano
ministros, hombres de negocios, Shabine te tiene, amigo,
esparciré sus vidas como un puñado de arena,
¡yo que no tengo otra arma que no sea la poesía y
las lanzas de palmeras y el brillante escudo del mar!

(FUENTE:POESIA, Revista de poesía y teoría poética de la Universidad de Carabobo, Valencia, Venezuela, Enero 2019, edición 01
http://poesia.uc.edu.ve/derek-walcott/)

domingo, 10 de diciembre de 2017

SURVIVING MR. WALCOTT (SIETE DÍAS CON UN PREMIO NOBEL)


León Félix Batista

Día 1
Cómo imaginar que un simple acto lúdico (la traducción de un texto literario) me proporcionaría, dos décadas después, la experiencia de vivir una semana de intensidad poética junto a su autor. Y todavía no sé si adjudicar el acontecimiento a la teoría del azar (determinismo, caos, incertidumbre) o a la de las catástrofes (“va a llevarme quien me trajo”). Primer trimestre de 2008, Feria Internacional del Libro. José Rafael Lantigua, secretario de Cultura, invitó al poeta y dramaturgo Derek Walcott, Premio Nobel 1992. Y recordó que yo había vertido al castellano algunos de sus poemas en mi época gringa del College, lo que continuaba haciendo. Así que heme aquí ungido como “edecán” del poeta y su señora, Sigrid Naman. Ardieron las cosas pronto, y ya en la noche del 28 de abril cenamos en su hotel, donde se mostró frugal en el consumo y parco en la conversación –circunstancia conveniente para que no se quebrara de inmediato la fina capa de hielo de mi inveterado nerviosismo.

Día 2
Casi me hundí en aguas heladas el martes 29, durante el primer encuentro con la prensa. Marianne de Tolentino y yo transcribíamos cosas en apariencia distintas del discurso único que daba el muy serio Walcott. Lucíamos enredados en la bola de manigua del lenguaje: ella traduciendo mentalmente a su francés original y devolviendo en castellano galo; yo a mi vez vertiendo el culto inglés de Walcott pasado por el cedazo de mi broken english de Brooklyn mezclado con el ESL de la universidad. Hasta que di con la clave: mejor que sólo tradujera yo, también poeta, caribeño como él, y frente a un público dominicano, cuya jerga yo me sé. Obstáculo vencido, cero malos presagios. Mas faltaba superar la prueba de la noche, nuestra primera juerga, en casa de Soledad Álvarez y Bernardo Vega.
Salimos a las 6, luego de las parrafadas castrenses de los agentes de seguridad, quienes me nombraron “jefe”, dispuestos a mis órdenes. ¡Qué bien se siente subir al cielo civil, mandar gente con rango! Noté que nos desplazábamos franqueados por motocicletas. ¡Qué bien se siente volar por tierra mirando con desdén el tráfago en fragor de los mortales! Finalmente llegamos, subimos y bebimos –para quedarnos en el argot marcial. Por beber, precisamente, de esos líquidos que a cualquiera hacen locuaz, vimos la primera metamorfosis del poeta. Hasta ese momento fue inglés, como en la quintilla de Fray Juan Vásquez, y brotaron sus tambores caribeños. Se desató (“desacató”, que dicen), al encontrarse allí también con Junot Díaz, estrella literaria rutilante que había colocado como epígrafe de su novela premiada con el Pulitzer un poema de Walcott. Esa noche fue larga, plena, solamente superada por el sol casi saliente.

Día 3
El miércoles 30, muy temprano, esperaba a que Walcott bosquejara coralillos y trinitarias del área de piscina, para acercarme. Habría un recorrido por la Ciudad Colonial y almuerzo con Guzmán Ibarra y Patricia Solano en el polígono central. Ese día, caballero británico otra vez, empezó a dar señales de su grandeza humana, al pedir que el personal y agentes del DNI se sentaran a las mesas con nosotros. Luego al hotel, y a casa, porque aquella habría de ser una noche delirante: primera lectura poética, en el Teatro Nacional, que se reveló insuficiente, pues hubo que habilitar pantallas para el público de afuera, igual en cantidad que el de la sala. Una traductora profesional vertía por los audífonos el esplendor oral de aquel mulato de ojos verdes y pelo en olas, atiborrado de ideas libertarias, memoria épica, truenos de tambores, trópico, crepúsculos, océanos, dolor, Antillas... Leímos un par de cantos de “Omeros”, él de su original, yo de la versión al castellano de Rivas, y respondió preguntas profundas e infinitas.

Día 4
La mañana del primero de mayo lo encontré en la misma pose, esta vez frente a un papel. En el silencio mayor que me haya sido dado guardar, me coloqué a su espalda, procurando en modo alguno interrumpir algún poema. Entrevista y almuerzo en Diario Libre, y a las 4 de la tarde recibido por estudiantes de Letras en la UASD, donde se mantuvo circunspecto: había entrado de nuevo en “modo Sir Walcott”. Acaso por el calor reinante, porque no tuvo que leer poesía ni hablar sino limitarse al homenaje o, quizás (es mi teoría), por su pelea con Sigrid: saliendo del hotel le gritó que subiera al otro auto, porque estaba harto de su parloteo: “me voy solo con León”. Yo quise hacerme el loco ante el pugilato y los alemanes ojos anegados de Sigrid, pero Walcott me involucró: “¿Verdad, León, que las mujeres hablan demasiado?”. Y vino la noche a repararlo todo: cenamos en casa de José Mármol y Soraya Lara. Rodeado de conversación muy alta, licor, poetas con sus esposas, el gato Figo y la perrita Lola, Derek Walcott fue, de nuevo, feliz: un isleño rumbero y cultísimo a la vez.

Día 5
El viernes ocurrió la apoteosis: fuimos inesperadamente invitados a almorzar en Palacio con el presidente de la República, Leonel Fernández. Estarían también Lantigua, Junot Díaz y Alexander Santana, subsecretario de Cultura. El que se suponía fuera día de tregua, a culminar en recepción nocturna, a cuerpo de rey, en el Museo de las Casas Reales (como de hecho sería), se trastocó en el día en que Walcott osciló constantemente entre sus dos personalidades, Hyde y Jekyll simultáneos. Le sorprendió (no me esperaba) que fuera a buscarlo casi al mediodía, aunque aceptó entusiasmado el agasajo del primer mandatario. Pero el diablo no duerme. A distancia de una esquina, en la calle Dr. Delgado, llaman diciendo que el presidente se había complicado y no podría recibirnos sino hasta una hora más tarde. Trágame, tierra. Ordené el retiro de los franqueadores y conducir por las calles de mayor tráfico y embotellamiento. No se me ocurrió mejor manera de retrasar el reloj para el convite. Lo malo fue que Walcott se me volvió de piedra. Enmudeció, asombrado de que ahora sí nos detuviéramos en todos los semáforos posibles. Sudábamos a mares angustia de poetas, pese al aire acondicionado a todo dar. Cuando por fin llamaron: ya nos iba a recibir.

Walcott entonces sufrió un mareo, atribuido a su diabetes. Diligentemente se le atendió en el llamado Salón Verde, todavía con cara pétrea, cuando de repente, todo jarana y joda, entra Junot. El cambio fue brutal: Walcott volvió a ser como por magia afro-caribeño, hombre de azúcar, dialecto y costas. Y nos invitan a pasar. Leonel lo sorprende al conversar, en un perfecto inglés, de los temas más disímiles: antropología, socio-historia, corrientes de ideas, temas europeos. Todos tomamos vino, mucho, a excepción del presidente (nada). Comimos, Walcott se fue achispando, se zampó todo aquel postre pese a las recriminaciones de su mujer. Alguien habla en español con mucho acento: Junot, que dice que se esperen, porque se está meando (sic). Al regreso continúa, en tono de Villa Juana, rememorando el uso que dábamos los vivos al cementerio del barrio (intervine: yo viví en la Paraguay con 23): citas de amor, u horas y horas en las lápidas estudiando para los exámenes o evadiendo algún castigo paternal. Walcott, en las fronteras de un jumo, responde por fin a las advertencias de su mujer: “mejor aún, Sigrid, si me muero, pues mañana dirán los diarios: fallece premio Nobel en el Palacio”. Leonel, a carcajadas, replica: “No, poeta, no te me mueras aquí, tan cerca de las elecciones”. Y así termina todo, o casi, porque bajando las escaleras principales Walcott de pronto se detiene, alza sus brazos ante un público invisible, y vocifera en inglés: “¡Pueblo dominicano, vota por mí, que soy un gran poeta!”. La mirada mortal de los guardias presidenciales nos obligó a bajar de dos en dos los mil peldaños, para llegar lo más rápido posible al auto. Muertos de risa, raudos, felices de travesuras.

Día 6
Al día siguiente, sábado, previo al encuentro con estudiantes y profesores de la PUCMM, se confesó admirado de la brillantez intelectual del presidente, anhelando que todos nuestros países fueran dirigidos por gente así.

Día 7
El domingo fue más triste. No levantaba la vista del piso en el Salón VIP del aeropuerto. Se iba y, sí: sentíamos congoja, pero sin expresarla. Era la consumación de muchas conversaciones, gestos, conocimiento mutuo y un germen de amistad. Tantas veces demostró la reciedumbre de su personalidad, cambiante por mestiza: era un isleño en contexto archipelágico, formado en lecturas clásicas, hijo de un blanco pintor bohemio, descendiente de esclavos negros, huérfano desde pequeño, hermano gemelo de Roderick, nombrado caballero con el título de Sir, nómada habitante entre El Village de Nueva York y la isla de Santa Lucía. Un coctel de munición emocional que encendía o apagaba su comportamiento, en cualquiera de los casos lúcido, lírico, humanista, magistral.

Ya tenían que abordar. Me pidió cuidar de mi mujer, me dio un par de consejos sobre poesía y editores, algunos libros suyos, un abrazo apretado, y se marchó. Nunca más lo volví a ver. Y ahora ha muerto. Viva siempre Derek Walcott.




ANVERSOS, DE CESAR ZAPATA


por León Félix Batista

Comencemos recordando las palabras del jurado –del cual, honrosamente, he sido parte–, que otorgó el “Premio Funglode/GFDD de Poesía Pedro Mir 2014” al libro Anversos, de César Zapata: deciden, por unanimidad,

otorgar el premio al libro ANVERSOS (presentado bajo el seudónimo “Desconocido Pérez”), en función de sus notables valores estéticos, los cuales presentan una simbiosis bien lograda de tradición y vanguardia poéticas. Por un lado muestra, en estrategia de largo aliento, coherencia temática sobre un ritmo de imágenes preferentemente transparentes y armónicas, a la vez que no desmedra el uso de recursos de paradojas y contrastes, a partir de la creación de neologismos, esto es, de construcciones y distorsiones lingüísticas que procuran impactar la sensibilidad de los lectores, con ideas sintetizadas en una línea. El propio título del poemario, ANVERSOS, viene cargado de simbología, toda vez que, sobre la obvia referencia al género literario (a los “versos”), también propone una relación biunívoca de contradicción y complemento: ANVERSO-REVERSO, es decir, las dos caras de un objeto plano. Es justamente lo que hace el libro dividiéndose en mitades: una, El amor de los perdidos, y dos, Los perdidos de amar.

Una primera aproximación al libro arroja que, con certeza, hicimos la selección correcta entre tantos libros de indudable calidad que participan, año tras año, en este prestigioso premio organizado por la Fundación Global Democracia y Desarrollo en su afán de suscitar creatividad en nuestros escritores y artistas y en promover la cultura nativa. Sondeando más a fondo, una lectura-buceo revela muchos aspectos aún más relevantes de este libro singular. La ya previamente referida división en dos partes distintas y complementarias a la vez, por ejemplo. La sección primera aparece compuesta por 15 textos, y la segunda lo está por 27, cosa que nos arroja la visión de que el autor no ha procurado, de manera intencional, la simetría exacta entre anversos y reversos. Otras diferencias notables son las estructuras distributivas de los versos en ambas partes, y hasta la entrada en lectura por intermedio de títulos numerados, la primera, y por ausencia total de títulos la segunda. Esto para no hablar de los “alientos” lírico/narrativos, dispares entre ambas partes, pero curiosamente atados entre sí, como enmarañamiento de partículas independientemente de la trama espacio-tiempo en que medren.
Y aquí vendrá el asombro del lector: resulta que El amor de los perdidos y Los perdidos de amar alcanzan la simbiosis perfecta entre sí por intermediación del tema lírico desgarrador denominado amor-pérdida o pérdida-y-amor –una amalgama en sí mismo, y tema decididamente universal de la poesía y de la vida humana a través del tiempo. Materia que es también lo que en inglés se dice love and loss, y que cuenta con un amplio repertorio de poemas y canciones y múltiples manifestaciones culturales de la emoción.
Los sujetos de ambas partes de este libro, sin embargo, son personas del verbo bastante bien diferenciadas. En El amor de los perdidos accedemos a una voz, una entidad disuelta, un hablante lírico, un emisor de sentido que nos va desparramando asombro, así comienza:

Si vuelvo la cabeza ya mis
Ojos se tornarán al ácido
Y la pérdida. (…)
Si vuelvo la cabeza
Ya se han ido las
Facciones
Del destino en otro rostro. (1)

En tanto que Los perdidos de amar son eso mismo: ellos, segundo yo pluralizado, porque se trata de aquellos otros a los que el torrente del sentimiento ha conducido en catarata intensa hasta las simas insondables del amor:

Los perdidos de amar desnudan su locura (…)
Trabajan día y noche sobre el barro
Su naturaleza muerta

Como se ve, aquí el hablante lírico ya no es parte del contexto, sino el observador del drama, al cual, sin dudas, no es ajeno, y resulta tocado por su estilete sentimental. La perspectiva literaria cambia y el autor implícito permanece, aunque yendo del ojo individual al general. Nada de la oscuridad enceguecedora de la emotividad impide, empero, que la expresión poética se eleve por el éter de la reflexión aguda y el experticio en el decir, lo que César Zapata ha conseguido de modo magistral en este libro.
La voz en El amor de los perdidos, pese a que hubo declarado “No voy a verterme, no soy/ líquido” en el textos 13, tuvo que, u optó por, “cantar” en esa luminosa primera parte. Luego, entonces, para manifestar las aflicciones de los perdidos de amar hubo de apelar a la descripción y al abordaje narratorio en la segunda. Fluyó de una lírica líquida a una densidad casi prosaica, hablando en términos de formas de expresión. Y, sin embargo, lo que asoma a cada instante en esos textos apretados y atestados de palabras, casi párrafos en bloques, justamente es la fluidez, lo inasible e inatrapable, pues los perdidos de amar:

Son unos seres con cabezas de nubes a punto de aguacero
…………..
Escapando a la desdicha
Al líquido olvido de otros cantos (pag. 47)
………….
Van dibujándose ellos mismos
En los vidrios mojados de las tardes
Son acuosos fantasmas resbalando por los días (pag. 49)

He aquí como el reverso completa y explica el anverso: del individuo al colectivo, enredados en la misma madreselva, tenaz como en el tango que todos conocemos. La sensación entronca con la percepción y el resultado es este: un texto intenso.
El hecho cierto es que hay otra paradoja, suscitada por la conversión de esta escritura en libro, es decir en material impreso. Por una paradoja del destino editorial, los poemas de Anversos han sido impresos nada más en los anversos de las páginas del libro impreso. Que se me exima, ruego, de culpa alguna al proferir el precedente galimatías: no me queda otra manera de decir lo que es, de hecho, así.
En la primera mitad del libro, retomo el desarrollo argumental, hay un yo y hay un “ella”: “La convocada [que] ha venido/ sin forma y traje rojo” (3), aunque

Al final no quedaron
Jirones sino cuerpos.
Desvencijados vasos
Como ojos.
No, ninguna mujer folio:
Abierta, hojeada, transida,
Acostada en el silencio
Del placer recuperado. (14)

Empero, los perdidos de amor no sólo beben “el agua turbia de la entrega” (pag. 55), sino que absorben en sí mismos varios otros elementos constitutivos de los estados de la materia, según la sabia Antigüedad: “Arden con el vuelo que ensayan otros árboles” (pag. 49) y “Saltando de fuego en fuego/ Los perdidos de amor crepitan” (pag. 59), aparte de que, en tierra, “Se han podrido en sus huidas y finales/ En las piedras filosas de su amnesia (pag. 81). Y “De repente vuelan lentos sobre los demás”, y “Si piensan se precipitan…” (pag. 69) “Y hunden sus dedos en el aire/ perdidos para siempre en los acordes” (pag. 85).
Para mí que Anversos, como horizonte actual de la carrera literaria de César Zapata, resulta ser un punto máximo. Yo conozco al autor, en propiedad, hace más de 30 años, y he leído con lupa cada uno de sus libros de poesía. Por ello puedo decir hoy que, con Anversos, nuestro autor ha apuntalado una voz particular, incluso exenta del canon de la retórica de su generación, la llamada De los 80s. Anversos más bien se inscribe en la corriente poética hispanoamericana que se sido denominada “poesía del lenguaje”, la cual tiene que ver con actualísimos conceptos como indeterminación, complejidad y referencialidad del lenguaje por sí mismo, trascendiendo su función significante. Es que aquí, en Anversos, ya no tenemos corsés ni los partos son por fórceps, como acaso sí, ligeramente y de más a menos, en sus libros anteriores Acrobacias del ser, Jardín de augurios y Piedad de toque, con el intercalado de los haikús de Consagración al silencio, el cual es ya otro tema y hay que hacer otros calados.
El caso es que si bien estos versos nos recuerdan que “Los perdidos de amar aman perder” (pag. 69), también amplía que el ser desesperado de El amor de los perdidos, “Cuando habla pérdidas”, “ampara el desamparo” (7). Todo es pérdida en este conjunto de textos del juego de azar del amor, donde el que pierde gana y el ganador se lleva todo. Sólo nosotros, los lectores, ganamos un gran libro. Apostemos.

lunes, 3 de octubre de 2016

Prólogo a "Trampantojo", de José Alejandro Peña

La poesía es una casa más bella que la prosa
León Félix Batista

Trampantojo es una casa con seis puertas: una roja, una amarilla, una gris, otra amarilla, una blanca y una negra, muy cercanas estas últimas. Se trata del espectro luminoso que reproduce un prisma particular y único, una “trampa ante el ojo”, por lo cual para poder entrar (es decir, para leer) hay que ver cuál puerta abrir, en virtud de que todas hacen la función de umbral.
La puerta roja (“el puerto de la puerta donde todo comienza”), perfora, rompe y decapita, porque es la puerta del espejo, la puerta de entrada al cuerpo, la abertura al erotismo de la carne seducida, que seduce “la sed con un vaso vacío” a su vez, y capilar, poro por poro.
Aparece además una puerta amarilla de entrada a lo interior. Será la puerta hacia el amor sublime, a la fusión trascendental de la materia nuestra con la de la amada. Desde su vano etéreo “ella mira la luz toda la luz en una puerta”. Llama (es amarilla, claro), arde.
Y, sin embargo, la casa del poema tiene una puerta gris también, por debajo de la cual se cuela la neblina de la soledad, de la orfandad. El humo de la nada. No hay llave para ella, carece de cerradura, dado que “La puerta gris que tú dibujas/ con tu dedo sobre la nada/ es invisible como un desierto”. Para que permanezcas, dice, antes de que te acerques a otra posibilidad…
…que es otra puerta amarilla, supuestamente frontal, una puerta por la que nadie entra sino que solo sale hacia la claridad. “Si pones un rayo de sol sobre un rayo de sol/ habrás creado el sonido del viento y no la luz”, pues se sabe que “una luz verdadera no alumbra todo el tiempo” y que “la bruma ocupa el sitio de las piedras” que componen las paredes. Esa plasticidad, tan del poema, es más patente aun en esta parte.
Por último, una puerta blanca (¿tal vez la de la página?) para cuajar el mundo a través del tiempo, a la cual sigue…
…una puerta negra, una puerta del espejo, que “abre y cierra los finales”: la puerta negra del espejo a oscuras, el que refleja mejor que cualquier otra superficie la realidad de la poesía, otra que la poesía de la realidad.
Y para terminar, como trompe-l'œil verbal más que visivo, esta casa de naipes de palabras cuenta con una sola ventana, a través de la cual se escabulle la ventana misma “como el cuerpo que escapa/ de sí mismo a toda marcha”, instalándose la casa en el vacío.
Como cien años antes de que José Alejandro Peña naciera Emily Dickinson describió esta ilusión poética –u óptica– por él:

Vivo en la posibilidad;
una casa más bella que la prosa.
Más numerosa en ventanas;
y mucho mayor en puertas
(Versión libre de León Félix Batista de la primera estrofa del poema clasificado como F-466, de 1862: I dwell in Possibility –/ A fairer House than Prose – / More numerous of Windows –/Superior – for Doors – )

José Alejandro Peña, "Trampantojo" Almava Editores, Colección Géiser de Poesía, Nueva York, 2016