viernes, 25 de febrero de 2011

Reseña en Los Inrockuptibles


Prosa del que está en la esfera
León Félix Batista
Editorial Tsé-Tsé, Buenos Aires, 2006, 273 páginas

Asomarse a la poesía de León Félix Batista es un acto que requiere coraje para abandonar los dictados del sentido y abandono para sumergirse en sus simulacros, sus miles de capas que ondulan y discurren por la obra de este poeta dominicano.
Durante los últimos diez años, Batista (República Dominicana, 1964) viene construyendo una poética que mantiene su estructura de versos en prosa y títulos como parte fundamental de la superficie de cada texto –y así la cuidada trilogía que presenta la editorial Tsé-Tsé puede leerse en vaivén como un paseo sinuoso, de Negro Eterno a Vicio a Torsos Tórridos– pero a la vez inflama cada poema con un lenguaje que se cierra sobre sí en cada uno de ellos, cada uno un mundo en miniatura que late, se expande, se ondula y se escurre, donde prevalece el mestizaje erótico de cuerpos, formas y sentidos. Y en ese mismo movimiento –en esa misma mirada entrópica- abre infinitas posibilidades vedadas al sentido común. Una “ética erótica”, anuncia en el prólogo, donde lo enunciable, como escribe en Negro…, no es objeto de su historia.
Lo que es objeto de su historia es el derroche, puro potlach de la mirada que “vela para develar”, close up a lo impenetrable de la materia: por el microscopio erótico de Batista se escurren los cuerpos –se escurre el sentido– en volúmenes y ondulaciones, nervaduras, esporas, sedimentos, magma, poros que se expanden y se contraen, y sin embargo siempre hay un lugar donde asirse: así como en Negro Eterno los títulos remiten a boleros y canciones populares; y en Vicio son los cuerpos que asisten a la mirada del yo poético y del lector; Torsos Tórridos –tal vez el mas exquisito de la trilogía: Batista juega con lamés, chifones, ligueros y satines como un John Galliano de la poesía– se apoya en una bibliografía que el poeta especifica: textos sobre la moda desde Baudrillard y Barthes a los catálogos de Victoria´s Secret.
“No pretendo dirigir, sí quisiera retener: estragar la realidad con su contrasentido. Para hacerlos incubar, para expandir sus diámetros, me hospedaré en los pliegues, el pensamiento en frío (…)”, escribe en Vicio como una suerte de ars poética. Los pliegues de su poesía dan paso al reino de lo indeterminado, pura sugestión y carnalidad: una fuga de la tiranía del sentido, un buen lugar para perderse.


Ana Wajszczuk
Los Inrockuptibles
(en la foto, Ana y León en el Festival de Poesía de Granada, Nicaragua, 2006)

jueves, 17 de febrero de 2011

Entrevista en Ecuador, por Fabián Darío Mosquera (feb 17, 2011)

La escritura lírica del Caribe, desde el neobarroco lezamiano -y posterior- hasta la intensa imaginería surrealista de Aimé Césaire, parece tener punto de contacto en, precisamente, ese gran volumen imaginístico y esa vocación de metáforas audaces e imbricadas. García Márquez alguna vez aseguró que toda la comba del Caribe, desde Nueva Órleans hasta Barranquilla, posee una impronta cultural común que sostiene un universo autónomo y, de alguna manera -a pesar de las naturales disonancias culturales y sociales- homogéneo. ¿Cómo es que tu ubicación geográfica/cultural ha determinado tu trabajo; claro, en estos términos, los de una posible interiorización de una suerte de tradición lírica caribeña?

No cabe duda que muchísimo, y no precisamente por el muy vendido colorismo tropical real-maravilloso bajo el que viví hasta mis 21, sino también por mis alucinantes lustros en Nueva York. De modo que las geografías (reales, culturales y de lengua) por las que me he movido han de haber incidido sobre mi obra.
Primero lo primero: El Caribe es una especie de isla madre atiborrada de sub-islas y de islas solitarias: las sub-islas de las Antillas hispanohablantes, las francófonas, anglófonas y etc. Y luego cada pedazo de tierra, aislado, con su idiosincrasia, su particular transformación de cada lengua madre, su tradición literaria. En esos subconjuntos germina una poesía que toca todas mis teclas: Perse, Walcot, Brathwite, Pepin, Glissant… y en mi código Lezama, Palés Matos, Lorenzo García Vega, Sarduy, Joserramón Melendez, Kozer, los integrantes de Diáspora(s), López Adorno, Noel Luna… y en mi propio territorio el Vedrinismo, Zacarías Espinal, los sorprendidos, el contextualismo, Gómez Rosa y, por supuesto, ciertos poetas de mi propia generación 80. Y, ojo, que de seguro hay más nombres: aquí me he referido apenas al Caribe.
Aparte, estuve muchos años en Nueva York, si mudarme jamás de la fronterea entre Park Slope y Sunset Park, en Brooklyn. Los años de universidad, el involucramiento con poetas gringos y con sus obras, las amistades latinoamericanas y mis sumersiones en el abismo del nuevo idioma me marcaron. Y, por supuesto, los climas locales, la hiper urbanidad, la nieve, la visión del Otro sobre mi yo inmigrante, me enriquecieron, transformaron: trastornaron. De pronto me descubrí distinto en cuatro estaciones, unas de más lectura, otras de escritura indetenible.


Para nuestros lectores ecuatorianos, que no están, por ahora, tan familiarizados con tu carrera literaria, ¿en qué circunstancias llegas a Nueva York? En ese mismo sentido, ¿cuál es tu relación con la literatura -y la poesía en particular- norteamericana, o, más ampliamente, escrita en inglés?

Ese es el otro salto, el catalizador del extrañamiento, el desarraigo: mi llegada a Nueva York, en pleno verano de 1986. Mi madre vivía allí desde hacía dos décadas y había empezado a reunir la familia desmembrada (sin mi padre, claro está, desandando otros caminos). Sin cumplir los 22, sin haber terminado la universidad, aún sin libro publicado, me marché. Completé todos los ciclos y me hundí en la hiper-ciudad. Aquel Nueva York de entonces era una especie de ONU literaria: escritores de todas partes, importantes o en agraz, medraban por allí. Y los que no, pasaban, dictaban conferencias, tomaban vino contigo, daban un taller.
Sucedió que, en una clase de Writing English and Literary Studies en Mercy College, tuve que desarrollar un “paper” sobre un escritor X, y escogí a Sylvia Plath, de cual tuve que traducir algunos textos. Se me hizo una luz entonces: al sumergirme en otra lengua que ni romance como la mía era, al procurar descifrarla, verterla en mis moldes, empecé a descifrar maravillado el fenómeno del código, de su desciframiento. Vi que era posible decir lo mismo de otro modo. Vi que existen espacios mínimos, vacíos, en los significados. Vi, sufriendo, que ciertas experiencias de escritura son intraducibles (pero transferibles sí).
Me dediqué a partir de ahí a traducir poesía del inglés, ya no para obtener una buena calificación, sino para consumo propio, para arrojarme luz. Luego el paso natural: empecé a publicar mis traducciones y a conocer en consecuencia a algunos de los poetas que traducía: John Ashbery, Mark Strand, Clayton Eshleman… Traduje a Pound, Ted Hughes, William Blake, Auden, Richard Kenney, Charles Wrigth, Carver, Tomlinson, Philip Lamantia, Lyn Hejinian. Traduje también a Derek Walcott antes de que recibiera el Nóbel, lo que me valió para acompañarlo a sol y a sombra cuando visitó Santo Domingo en 2008. Recuerdo que cruzaba con frecuencia el río hacia la ciudad de Paterson, persiguiendo inútilmente el fantasma de William Carlos Williams.
Me parece que este proceso de versiones ha de haberme vinculado fuertemente con la poesía escrita en inglés, sin dudas, aunque fuera de modo subterráneo. Algún crítico ha dicho no encontrar esos influjos en mi obra, pero lo expresa pensando, quizás, en cierta poesía anglo, épica, imaginista, objetivista, qué sé yo. Sin embargo, bastaría ojear mejor los nombres de mis traducidos: Antin es un loco que “habla” sus poemas y luego los transcribe; Ashbery es inexplicable sin el surrealismo; Eshleman desmonta cualquier prejuicio de lo poético con su discurso “paleolítico” y Lyn Hejinian es una poeta clave del movimiento L=A=N=G=U=A=G=E.


Hay, en tu obra, un tratamiento intenso y lúdicamente alegórico del erotismo, ¿podrías intentar una indagación, una reflexión hasta dar con los aspectos que consideras los detonantes poéticos más poderosos de esta temática? Quiero decir, por citar un ejemplo: en tu proceso creativo, ¿cómo se va dando la homologación -que creo que, en efecto, se da- de la experiencia erótica sexual con una experiencia erótica que tiene que ver con la elaboración misma de un lenguaje, de un "saber decir" poético?

Tu pregunta trae implícita una zona de la respuesta: en primer sentido se trata del erotismo propio, intrínseco, de un lenguaje. El propósito es erotizar el Verbo, poner la poesía en cuatro, succionar, ser succionado por ella, gemir y penetrar hasta el agotamiento (“¡chillen, putas!”, urgía Octavio Paz a las palabras). Y luego vuelta a empezar. Es, si tú quieres, una transcripción del cuerpo al habla, a la escritura. Una cristalización, una corporeidad, de lo que estuvo abstracto.
Me he servido del erotismo, además, como tema medular pero que se mantiene paradójicamente periférico en la vida humana: siendo un impulso definitorio de nuestras vidas –y vórtice atractor del que es imposible escabullirse–, los humanos insistimos en ocultarlo, enmascararlo, sepultarlo. Y resucita siempre, casi al instante, en la semi neblina de nuestras recámaras, en la publicidad y, por supuesto, en el discurso. Por eso escribí una trilogía erótica (Negro Eterno, Vicio y Torsos Tórridos), basada en el discurso del bolero, en las posibilidades plásticas de procurarse placer y en la moda íntima femenina.
Pero esta fue una fase (prolongada, sí: le dediqué diez años) de mi ejercicio “lírico”-lúdico. Antes y después abordé la poesía por distintos lugares de abordaje, evitando hacerlo siempre por el lado concebido.


Desde tu percepción crítica, ¿qué crees -a grandes rasgos- que está ocurriendo en la poesía latinoamericana de los últimos años?

Yo diría que es la vuelta de Darío, esparcida por nuestra lengua-cultura, en el sentido de la reconquista. Hemos hecho que nos vean como renovadores de una lengua que dejó de ser exclusivamente castellana, para estallar en múltiples lenguas españolas, como esa fruta de granada colorida. Cada vez que recuerdo que el influjo del Siglo de Oro ha encontrado su sobredimensión en el neobarroco caribeño, el neobarroso de La Plata y hasta en el neoverraco antioqueño, me corre mejor la sangre. La antipoesía es nuestra, el concretismo también lo es. Lo que escriben los novísimos mexicanos es profundamente ancilar: Bravo Varela, Rocío Cerón, Herbert, Fabre, Lumbreras, Plascencia Ñol… Y ni hablar de lo que pasa en Argentina y Uruguay: objetivismo en pulso con los alógenos y el impulso revisionista-neobarroco de Mario Arteca, Romina Freschi… Y cuando se trata de vehicular lo indígena con nuestra lengua madre, ocurre un estallido: Cristino Bogado, Jaime Luis Huenún… El tratamiento de lo cotidiano en el ecuatoriano Edwin Madrid, el chileno Germán Carrasco, la nicaragüense Tania Montenegro, el argentino Washington Cucurto, la peruana Monserrat Álvarez y el costarricense Luis Chaves sería deseable como auténtica poesía de la experiencia. Y ¿cómo nos explicamos en Paraguay un arrebato léxico como el de Joaquín Morales, ah? Eso para quedarnos con los más jóvenes, y para no abrumar recordando fichas claves, incluso todavía poderosamente vivos, como Gonzalo Rojas, Belli, Gelman, Deniz, Hinostroza, Jotamario, Verástegui, Cardenal, y me voy quedando corto.

Aparte, es un hecho que el impulso neobarroco postuló nombres de impronta permanente: Kozer, Perlongher, Marosa, Reynaldo Jiménez, Coral Bracho, Osvaldo Lamborghini, Eduardo Milán, Juan Luis Martínez, Arturo Carrera, Eduardo Espina, David Huerta…

En fin: el nuevo paradigma, ya implantado y en plena germinación.

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/noticia/archive/cultura/2011/02/17/_1C20_Nuestra-poes_ED00_a_3A00_-la-reconquista_1D20_.aspx

viernes, 17 de diciembre de 2010

A margen desbordado



León Félix Batista: A margen desbordado

Benito del Pliego


Quien esté familiarizado con el término neobarroco/neobarroso que Medusario, la muestra poética de Echavarren, Kozer y Sefamí, puso en circulación en 1996, podrá sentir la tentación de interpretar la escritura de León Félix Batista desde este ángulo. El propio autor es consciente del diálogo de su escritura con la de ciertas poéticas generalmente —quizás demasiado generalmente— asociadas con esos conceptos. No solo aparece en su poesía una profunda impronta lezamiana (que era la divinidad que presidía el pórtico de aquella antología), también existe una relación fecunda (personal y/o literaria) con algunos de los que aparecían allí reunidos: el propio José Kozer, Haroldo de Campos, Eduardo Espina o Reynaldo Jiménez. Además algunos de los elementos clave que sirvieron a los responsables de la antología para comprender las prácticas de los allí incluidos aparecen también en las reflexiones con las que Batista orienta a sus lectores en entrevistas y poéticas.

El problema es que abordar la poesía de León Félix Batista desde esta perspectiva desviaría nuestra atención respecto a la que podría ser una de sus características fundamentales: su capacidad de desborde —capacidad que afecta también a la limitación terminológica que este término impone. Cuando se dice capacidad de desborde (pensando en el “Nosotros, a margen desbordado” con el que Milán incita a nuestros coetáneos en su reciente Ensayo sobre poesía) se quiere aludir a la habilidad que tiene para albergar lo uno y su contrario, así como de hacer del poema un ejercicio de —digamos— hibridación hologramática. Su poesía permite que el lector, dependiendo de la posición que adopte, componga todo tipo de figuras con los argumentos que se amalgaman en cada uno de sus textos. Batista potencia de un modo sorprendente la diferencia (derridiana) para que el lenguaje no cese de generar sentidos de los que el lector es un agente fundamental, nunca un mero receptor. Estoy seguro de que quienes hayan leído su Vicio/Crónico habrán sentido en carne propia lo que trato de decir; aunque en realidad este es un rasgo que no deja de aparecer en toda su escritura. Este logro no es pequeño, especialmente si tenemos en cuenta que la incitación a percibir la movilidad de lo inteligible (de lo escrito) contiene un potencial político extraordinario: frente a la versión unánime del lenguaje mediático y del poder globalizador, esta poética es espejo lingüístico de nuestro vértigo cotidiano.

Tal vez este sea el estrago del que habla el poema que se reproduce a continuación. El texto zigzaguea con prosodia resonante entre aliteraciones y paranomasias, traza un “trayecto relleno de episodios” donde cada acontecimiento “entra y sale —redimido— de las sombras”. Va del deseo a lo que, de no poseer esta carnalidad lingüística, podríamos llamar meditaciones; del lenguaje al metalenguaje, de la figura a su disolución “a través de sucesivas raeduras”... Pero no hay que quitar al lector exigente (el lector de poesía) el placer de leer su propio poema. Bastará con una última advertencia que insiste en la capacidad de hibridación y holografía. Este estrago no solo contiene el significado que nuestro diccionario castellano le adjudica (“daño, destrucción”); no solo está conectado con el “viciar y corromper” que define al verbo estragar. También admite lecturas contaminadas por el inglés (lengua que envolvió a su autor durante casi veinte años en Nueva York): straggle, tan próximo fonéticamente a la palabra del español, tiene como verbo la primera acepción de “desviarse del camino o curso directo”. En el título mismo va, por tanto, inserto el desborde. Quizás no hay ruta marcada y este estrago escrito sea una invitación para avanzar a tientas, reconociendo las texturas porosas del lenguaje, a fin de componer la multiplicidad de sentidos a los que el poema invita.

Benito del Pliego nació en Madrid, 1970, y reside desde 1997 en Estados Unidos, donde es profesor de la Appalachian State University. Fisiones, su primer libro de poesía, se publicó en Madrid en 1997 dentro del proyecto Delta Nueve, del que formaron parte Andrés Fisher, Pedro Núñez y Rodolfo Franco. Alcance de la mano, apareció un año después en Nueva Orleáns en edición de treinta ejemplares diseñados, encuadernados e ilustrados por el autor. Índice, recibió el Premio Internacional de Poesía “Gabriel Celaya” y fue publicado en Valencia por la editorial Germanía el año 2005. En junio del 2001 se presentó en el High Museum of Art de la ciudad de Atlanta, un poema sinfónico compuesto por Gustavo David Pineda en base a los poemas del libro. En el 2003 obtuvo el Premio de Poesía Experimental Ciudad de Badajoz por el poema-objeto “Tradición literaria”. Una breve muestra de esta vertiente de su poesía se puede ver en Todos o casi todos. Antología de poesía visual, experimental y mail-art en España (Palencia, 2004). Su poesía también ha sido incluida en la antología La voz y la palabra (Madrid, 2000). Su más reciente libro es Merma (ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2009).


En RevistAtlántica 34, octubre 2010, Cádiz, España

martes, 7 de diciembre de 2010

García Vega sobre Burdel Nirvana


Burdel Nirvana
LORENZO GARCIA VEGA
Especial/El Nuevo Herald
Mayo 19, 2002 - Página: 4E Sección: Galería


Quisiera que el lector se acercara a Burdel Nirvana, el libro de León Félix Batista. ¿León Félix Batista? Nació en 1964, allá donde el diablo vanguardista dio las tres voces, o sea allá –Santo Domingo– donde hubo un movimiento postumista Inter-Planetario (1922) que tuvo como Sumo Pontífice, a quien vio al aire “parado como una inexpresiva mirada”, o sea a Domingo Moreno Jimenes, así como también donde un tremendo Franklin Mieses Burgos supo meter en la piña a los teólogos cuando dijo que “Saber es el pensar de un Dios desmemoriado que tiene que inventarse continuamente el mundo”.
Y, ¿cuál es la obra del León? Pues bien, Batista tiene los siguientes libros: El oscuro semejante (Santo Domingo, Foro, 1986), Tour por todo (Barcelona), Las Hojas del Diluvio, 1995), Negro eterno (Santo Domingo, Casa de Teatro, 1997), Vicio (Casa de Teatro, 1999), Crónico –segunda edición de Vicio– (Buenos Aires, Tsé-Tsé, 2000), Burdel Nirvana –anteriormente titulado Torsos tórridos– (Premio Casa de Teatro, 2001). Una obra, pues, bien plantada, con “una poética –tal como ha sabido señalarle en una buena entrevista, el poeta y crítico dominicano Néstor E. Rodríguez– de carácter “entrópico rizomático”.
Es que hace un buen rato que ando, con Batista, en una labor onírica afín. ¿Una labor afín? Sí, puede tratarse, entre otras cosas, de un sueño donde aparece un quirófano. Un sueño, con quirófano, donde se trataría de cómo operar a los monstruos (ejemplifico esto que he comenzado a decir: León Félix, nada menos que hilvanando un maniquí, nos ha dicho: “Qué siega minuciosa entre charcos en reposo, estrías de moluscos, terrenos bajo un manto. Tú excavas, raspas, roes, el tapete minucioso y supliciado de la carne. Él te victimará, drenará y hará declive”).
Pero ¿se quiere, aparentemente, algo más inmerso en una, ya, venerable tradición del viejo siglo XX, que esto de un quirófano con operación de monstruos? Pues ¿no son los quirófanos, y los quirófanos donde se operan monstruos, piezas de ese viejo museo surrealista donde se encuentra venerable y respetada mesa de operaciones –con paraguas y máquina de coser– lautreamoniana; o prolijos discursos, sadeanos, con metafóricas guillotinas dispuestas para decapitar sabrosas imágenes; o, plataformas de la tortura, como las presentadas por Raymond Roussel en sus Impresiones de Africa; o las tremendas, inolvidables, torturadas muñecas de Hans Bellmer; o...? Pero ¿para qué seguir citando?: esto sería el cuento enumerativo de nunca acabar.
Sería el cuento de nunca acabar pero..., no sería, ese cuento (y, aunque todos le somos deudores), el mismo que he empezado a decir, y donde se encuentra mi afinidad con el poeta dominicano León Félix Batista.
Pues conviene decirlo desde ya: este León Félix dominicano y... ¿sádico de la lengua?, que ahora se nos presenta con un discurso titulado Burdel Nirvana, no es, de ninguna manera, un poeta de museo surrealista, ni padece, por tanto, de ningún anacronismo. Al contrario, el León Félix que aquí presentamos, ubicado dentro de una, espléndida, corriente de poetas dominicanos (poetas, algunos de los cuales llegaron a aparecer en una de nuestras mejores revistas hispanoamericanas: como aquella revista De azur, publicada en Nueva York, y dirigida por el dominicano Leandro Morales, y de cuyo Consejo de Colaboración –en el cual, entre otros, se encontraban los cubanos Octavio Armand y José Kozer, así como la argentina Mercedes Roffé– siempre me sentiré orgulloso de haber pertenecido), bien puede, en vez de ser implacablemente catalogado –tal como cierta crítica lo ha hecho– dentro de la linda corriente neobarroca, ser visto, más bien, como quien se debate por entre las, actualmente vigentes, ventoleras posmodernistas.
Ventoleras posmodernistas acabo de decir, y como labor quirúrgica con los monstruos, empecé diciendo. Pero, ¿cómo es esta cirugía? Bueno, por supuesto, no se trata de nada que pudiera relacionarse con el doctor Frankenstein, sino que más bien pudiera decirse que se trata de una labor quirúrgica con las tripas del lenguaje (una labor donde León Félix, entre otras cosas, nos va confesando esa lucha que consiste en meterse, con escalpelo, por dentro del revolico del lenguaje: Escucho bocanadas, misivas de Albanyá; materia prima enfermiza y en código aberrante. Repaso cada sílaba, regreso de leer, y así padezco el golpe que me decapitara). Pero ¿estoy hablando en serio?, ¿cuando estoy hablando de una labor con las tripas del lenguaje no es que estoy agarrándome a una metáfora? No, no es metáfora. Siempre he sentido a León Félix como quien, con batilongo blanco, le puede meter mano, como Hans Bellmer lo hacía con las muñecas, a las palabras convertidas en material de descuartizamiento.
Pero, ¿cómo podrá ser visto, por León Félix Batista, todo esto que estoy diciendo? Bien, como soy un adicto a los email, aproveché la ocasión de este artículo para hacerle unas preguntas aclaratorias a este poeta dominicano que hace cosas tan bonitas como partir de un corsé del burdel nirvana para hacer un mandala, o hasta para acercarse a Wittgenstein, y he aquí el minidiálogo que pudimos establecer:

León Félix, si es que puedes ser un cirujano, entonces, sin duda, también podrás acercarte al concretismo, ya que este movimiento siempre tiene que andar cercano a un descuartizamiento. ¿Qué puedes pensar de esto?

La poética del concretismo me fascina. Me siento cercano a eso. Incluso, el hecho de trabajar profundamente en el fondo y mantener la forma inalterable, en bloque, es con la idea de la impresión visual, recta, del hecho poético.

Bien, muy bien, veo que siempre me puedo sentir afín contigo. Así que, entonces, ¿siempre andarás tratando de pisarle los talones a esa Ouroboros querida, a esa serpiente linda?

Creo que sí me muerdo la cola literaria. Regreso a los mismos temas una y otra vez, insatisfecho con su agotamiento.

Y una última pregunta. Poeta, ¿qué piensas de la traducción?

La traducción es muy importante para mí. Tanto, que la creo también creación. La ejercito como un acto creativo para inventarme que creo sin cesar. Trasladar una imagen de un idioma a otro es hacer una imagen nueva. Además, los poetas que he traducido me han marcado en cierto modo: Eshleman, Antin, Richard Kenney, Ashbery…

(foto: Alonso Mejía, Queens, New York, 1998)

sábado, 13 de noviembre de 2010

LECHE FLAQUITA BRUTAL


Presentación de Delirium semen (Ciudad de México: Aldus, 2010) de León Félix Batista

Por Héctor Hernández Montecinos

Las colecciones sólo por ser colecciones, de lo que sean, tienen algo de mapa, de cartografía, una fuerza incompleta de movimiento que se detiene en la materialidad de esa compilación, totalitaria en potencia y colectiva como unidad. Recopilaciones de objetos, de palabras, de hechos, de imágenes se superponen como fotogramas de lo que podemos asociar como contemporáneo, entendiendo esto como la sensación de lo actual que quizá pase por ese conjunto de colecciones de las cuales somos parte o no. Digo esto pensando en lo coetáneo que pueden ser por ejemplo Borges y Perec, como acumuladores de materias literarias bajo el telescopio y el microscopio respectivamente de la ficción.

Hay allí un anhelo, un sueño, una idea vana de abarcar una parcela de mundo, una zona autónoma que no escape de la palabra, de la mano que reúne y nomina. Así el libro es una colección de espectros, de monstruos, de injertos, de abortos, de cadáveres, es decir, de lenguaje, atrapado en la tumba blanca que es la página y el desierto seco que es el papel. Más allá de las textualidades, cada libro es una reunión de acontecimientos, y cada acontecimiento a su vez de otros acontecimientos, y así fractalmente hasta llegar al grado cero que no es más que el antecedente del 1, es decir de la totalidad al vacío y del vacío a la totalidad.

Delirium semen del poeta dominicano León Félix Batista es un almanaque de conceptos, de entradas etimológicas pero no de definiciones. Nada es nombrable en el área del deseo, sólo sinestesia, imagen, blanco chorreo semántico que fluye entre las palabras. El orden alfabético es un mero recuerdo de la posición de la boca al pronunciar, al saborear el aire, tantear las esporas que flotan en otro ciclo de reproducción que anula los cuerpos como soportes, los fluidos como una babel genética. El afán enciclopedista es invertido por una fábula que se va contando bajo la casilla aparente de una explicación, una suerte de novela secreta que se cuela entre las enormes mayúsculas del alfabeto y las entradas en negrita que componen esta familia edípica y cachonda.

En el erotismo cada palabra es un hecho, un acto, un gesto, una mirada que huye o va hacia el deseo. Es pura intermitencia, es un ir y devenir. No permite que algo sea nombrado, que no cobre existencia, pues la atracción gravitacional que hay entre el cuerpo y la palabra es la del placer, placer del texto, textualidad del placer, orgía entre escritor y lector, voyerismo en papel. Es decir, que en el gran desenfreno que se produce entre la mano y la página, entre los dedos y el teclado, no existe otra posibilidad que el deseo y la repulsión de ese deseo, que es una forma más profunda y por qué no decir, más neurótica de desear, como se puede ver en las transversales de los textos de Delirium semen, que no preguntan por un porqué, sino siempre están siendo y acabando.

Cuando todo el terminolecto sobre los devenires del deseo parecía ya arrinconado desde las frías academias emparentándolo con el amor, la philia, el ágape, el eros, la transferencia, es que nuevas formas de inscribir lo erótico se han abierto paso en la poesía latinoamericana actual, por ejemplo como el caso de la exuberancia de Marosa di Giorgio, o el labial de Perlongher. En estas obras, como en la de León Félix Batista, textura de la escritura es correspondiente a la sexura de esa operación, a modo de un juego perverso de las manos, la mirada y la lengua. Esto es, que si el discurso amoroso había sido fragmentado por Barthes, genealogizado por Kristeva o vacíado por Derrida, desde la poesía aparece este gesto especular y paródico de montaje, más bien un guiño iluminista e iluminador al coquetear, al desearse en el campo semántico, seméntico, del deseo, el delirio y la luz.

Como en el poema “XXX” donde se señala: “Esto es algo diferente: la disolución de lo físico”, ciertamente Delirium semen suspende al cuerpo, al yo de ese cuerpo y lo ficcionaliza como una zona erógena de la lengua, lo observa como una película XXX, pero viendo allí una triple incógnita, pues no sabemos a ciencia cierta si es un “vocabulario erótico” como dice el subtítulo del libro, una novelita pulsionalmente barroca o un conjunto de poemas escondidos dentro de una colección de títulos que hacen referencia al deseo y sus propias fracturas.

Sea como sea, Delirium semen de León Félix Batista es uno de los importantes libros que nos llegan desde República Dominicana, que cruzan nuestros propios charcos y pantanos del mundo editorial y aparecen con una frescura y brío que no sólo amplía lo que entendemos por poesía latinoamericana, sino que esas ínsulas ya no nos son tan extrañas ni lejanas, sino ciertamente un espejo donde poder tensionar nuestras propias genealogías y representaciones tanto como sujetos, como autores o como textualidades de ese alguien que nos escribe desde alguna parte del universo después del delirium tremens que significó el bingbang, la explosión de la luz y su desciframiento genético en el semen que es la Vía Láctea de esta misma noche. Salgamos a verla. Salgamos ya a la noche.

Ciudad de México, 24 de septiembre de 2010

domingo, 24 de octubre de 2010

Delirium semen, por Andreu Navarra


El lector abre este volumen lujosamente editado por la editorial mejicana Aldus y se da cuenta de que transita por un poemario relevante, uno de aquellos libros que, en lugar de arrojar un desdichado conjunto de composiciones más sobre el orbe, consolidan la carrera de un escritor gracias al concepto general o diseño que vertebran la obra, la escultura y la arquitectura que subyacen bajo el discurso. En este caso, el hallazgo de haber construido un diccionario sexual radicalmente subjetivo es evidente.

Ya se ha escrito sobre Delirium Semen. El original prólogo de Hernán Bravo Varela y, sobre todo, la reseña de Adolfo Castañón publicada en el periódico mexicano Milenio, nos permiten colocar la poesía de León Félix Batista bajo la égida de dos conceptos clave: Vanguardia y Lezama Lima. La apreciación es correcta. Abundan en la poesía de Batista los símbolos que son personajes habituales en la imaginería de Lezama: el caracol y su hermano el molusco, la sedimentación, el cosmos humidificado, las materias licuantes… Esa tremenda dificultad a la hora de orientarse según los esquemas cognitivos convencionales. Y es verdad que únicamente un espíritu típicamente vanguardista podría trazar la siguiente construcción: “Tenebrosidad en llamas subyugándome ambas sienes: los tubérculos dan pubis por una curva eléctrica”.

Ahora bien, no creo que deba exagerarse la deuda del autor respecto a las formas poéticas de los años veinte y treinta del siglo pasado. Para Batista resulta evidente que los lenguajes tradicionales deben quedar fuera de un texto literario. Sin embargo, ¿hasta qué punto no son ya los ismos ejemplos de lenguaje solidificado y fatalmente tradicional? Según sus comentaristas, Delirium Semen es una feliz restauración del modo creativo de vanguardia. Yo no creo que al autor le haya interesado más reivindicar una estética que, más bien, adaptarla como herramienta adscrita al ADN del escritor actual a un idiolecto personal que es lo que más destacaría de Delirium Semen.

¿Cómo resuelven el dilema de la Vanguardia imposible los poetas caribeños?

Leyendo a Batista han acudido a mi mente las obras de dos poetas jóvenes de la isla de al lado, Puerto Rico, ambos pertenecientes al grupo de El Sótano. Se trata de Federico Irizarry Natal y Juanmanuel González Ríos. El primero publicó en el año 2006un poemario titulado Kitsch donde las composiciones habían sido dispuestas en orden alfabético, confeccionando una especie de manual postmoderno. En la J, por ejemplo, encontramos el poema Jeans: “Juventud divino trasero”, leemos allí. En la T de Batista también encontramos un canto a los pantalones tejanos, verdaderos ocultadores/reveladores de las nalgas que son un fin en sí mismo. El trasero como ser de Heidegger en que converge, debe subsistir toda la atención del filósofo o pensante.

Por lo tanto, alguien ya se había dado cuenta de que sometiendo a una disciplina (el formato de una entrada) el lenguaje desbocado, se inauguraban ámbitos nuevos y necesarios. Los hallazgos del libro de Batista provienen precisamente de estrechar y no de ampliar el campo de recepción del objetivo de la cámara. El resultado no debe entenderse como una descripción fascinada y extensiva del mundo, a modo de redescubrimiento, como es cada texto de Lezama, sino ese mismo procedimiento derramado únicamente sobre las realidades que excitan el deseo del autor implícito. Hablar sólo del sexo y no del universo. Otras obras del autor se han preguntado por la morfología de un cosmos gelatinoso. En este sentido, la obra de Batista revisita a Lezama pero se lanza por caminos menos extensivos. Su agricultura busca aquí manejar arados menos profundos. Se trata de un adelgazamiento o disección conceptual que nos traslada a una poesía de elementos más sencillos, descompuestos y clasificados. Unir la exactitud con el delirio parece haber sido el feliz camino escogido por el poeta.

En el caso de Juanmanuel González, a quien pertenecen estos versos: “ella se recoge el pelo / mientras el arroz se cuece / sobre la estufa playskool” (XX poemas para ser leídos en el tren urbano, Sótano Editores, 2009) encontramos una reivindicación de la sexualidad normal o perversa, según miremos, sin ningún tipo de tapujo. He aquí otra de las características más definidoras de la poesía de Batista: la ausencia total y programática de interferencias éticas o moralistas al uso, unida a la defensa de un cultivo instintivo e infantil de la pulsión sexual. Nadie tiene derecho a coartar la fantasía erótica que electriza la vida y el texto, saltando por encima de limitaciones y autocensuras, tabúes y fronteras, sin que importe el presunto buen gusto director de las obras literarias. Unas braguitas, unos sostenes, una zurra, son realidades cotidianas dignificadas por el canto, no por humildes menos justificables, por el hecho de haber sido capaces de generar deseo, sin pararnos a determinar la naturaleza o la trascendencia de éste.

Nuestra siguiente pregunta puerto debería ser, pues, la siguiente: ¿Es Batista un poeta esencialmente sexual? Si uno transita por sus libros anteriores, uno pronto se da cuenta de que el sexo es un hecho esencial y habitual en la poesía del autor. En el libro Mosaico fluido (2005) nos topamos con excelentes poemitas como el que empieza “deseos densos / primarios / del enigma” o “vocábulo venéreo /contra el acantilado”. En Pseudolibro (2006), especie de canto teogónico invertido o blasfemo, el sexo aparece como un elemento imprescindible en las licuaciones que otorgan origen y destrucción al universo circundante.

Pero es en Delirium Semen donde el sexo aparece ya como un tema total único, lleno de tótemes vivificadores, a través de los cuales puede y debe exhibirse libremente el espectador que escribe poesía.

Periódico de Poesía, UNAM, México

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